Con motivo de la festividad de Todos los Santos vuelve a aflorar el tema del Cementerio de Las Mártires. Este cementerio se construyó en el siglo XIX siguiendo las directrices que prohibían enterramientos en zonas habitadas y fue el primer camposanto construido a las afueras de Huesca. Poco después se construyó el actual en la Carretera a Zaragoza.
Durante la Guerra Civil Huesca quedó cercada por las tropas republicanas al haberse sumado al levantamiento. Por ello el Cementerio grande quedó fuera del cerco y todos los fallecidos en ese espacio de tiempo fueron enterrados en el Cementerio de Las Mártires.
Un paseo por esa ladera abandonada en la que se ha convertido el lugar es doblemente triste. Si ya de por sí resulta desasosegante pensar en la cantidad de vidas truncadas a edades tan tempranas, intentar pensar cuántas de esas vidas se podrían haber salvado en otras circunstancias es desolador. Allí hay muertos por la guerra pero también hay muertos por enfermedad. Enfermedades que hoy no serían mortales pero que incluso entonces, si la ciudad no hubiera estado envuelta en el caos y la miseria, podrían haberse superado.
Es sobrecogedor intentar pensar qué hubiera pasado si mi abuelo no hubiera muerto a los 29 años, delante de su lápida. Se encoge el alma unos metros más arriba, en la parte superior de la ladera, en la zona de los niños, delante de la cruz de su hija, muerta un mes después con 18 meses de edad. Se empañan los ojos irremediablemente al pensar en la situación en que quedaron su viuda con una niña de tres años en plena Guerra Civil, en una ciudad asediada y bombardeada. Esa niña es mi madre. Nunca ha podido superar una infancia tan triste, su madre murió a los 42 años de edad.
Decía doblemente triste porque, a los terribles dramas humanos que se adivinan tras cada nombre, hay que añadir el estado del lugar, absolutamente abandonado. Los cipreses son lo único que dignifican el lugar. Grandes barranqueras, cruces caídas, lápidas rotas…
Los responsables de la gestión municipal llevan tiempo demostrando una falta de tacto y de sensibilidad inaceptables. En estos tiempos que salen a la luz casos de despilfarros sin límite y presupuestos que no se respetan, la «generosa» postura del Ayuntamiento es trasladar los restos de los difuntos de forma gratuita al otro Cementerio. Y allí que paguen las familias de los ya enterrados hace tres cuartos de siglo por los nuevos enterramientos. Pagar un nicho de alguien ya enterrado.
Demuestra una falta de sensibilidad inaceptable, una postura cicatera gravísima.
Ese camposanto es memoria viva de la ciudad y de una parte triste y oscura de nuestra historia.
Lo que se debería hacer es honrar esta memoria dignificando el lugar y sus alrededores. Erradicar el chabolismo de la zona. Y si me apuran creando una exposición de fotografías y objetos de aquella época.
Lo único que van a tratar como se merece es el monumento a los republicanos fusilados en el siglo XIX. Los demás pueden acabar en un osario en el nuevo cementerio.
Juegan con ventaja, ha pasado demasiado tiempo, hay muertos que nadie reclamará. Saldrán «baratos».
Ahora que se gasta tanto dinero en descubrir fosas comunes en medio de campos, que se gasta tanto dinero en descubrir los restos de Gª Lorca, que se habla tanto de memoria histórica nadie se sonroja en echar a un osario los restos de decenas de oscenses muertos en una ciudad que malvivía agónicamente. No busquen entre los nombres de los enterrados en este Cementerio ningún familiar de algún responsable municipal. No lo encontrarán.
Como mal menor deberían habilitar una zona en el nuevo Cementerio donde descansaran todos juntos quienes llevan juntos casi un siglo.
Y evidentemente sin hacer pagar a segundas y terceras generaciones coste alguno por regenerar una zona que lleva décadas abandonada por todos los gobiernos municipales que ha habido sin invertir ni un euro. Y ahora se quejan de la situación de abandono de la zona. Es como esos ruines caseros que buscan el deterioro máximo de sus edificios para obligar a los últimos inquilinos a marcharse de sus pisos y sacar beneficio.
Mi padre lleva 50 años yendo cada año con la azada a arreglar el terreno de las tumbas de nuestros muertos.
Mi madre lleva toda su vida llorando delante de los restos de su padre y de su hermana las vidas juntos que nunca disfrutaron.


